jueves, 11 de octubre de 2012

Prólogo



Buenos dias a todos! He pensado que seria una buena idea colar aquí el prólogo de La Reina de Ilihen, porqué así es como empieza esta aventura y así, los que estáis pensando si leer o no el libro puede que os acabéis de decidir a hacerlo o no.... ¡Espero que lo disfrutéis!

Lejos de la ciudad de Threnor estaba Arthun, un niño dormido a quien la historia había olvidado. Pero la historia cambia constantemente, y por ello  eso pronto quedaría en el pasado.  Pero hasta entonces, los días inocentes del niño deberían seguir su curso.
El sol ascendía tras las montañas de la vieja ciudad, y con él, los primeros rayos de luz daban comienzo a un nuevo día. Un día que todo el mundo recordaría.  
Arthun despertó.
Los pies del niño asomaban por debajo de lo que parecía un gran trapo sucio colocado de forma descuidada sobre su cuerpo, que yacía en un gran montón de paja y tela que le servía de colchón.  Arthun se despertó con una actitud diferente a la que mostraba habitualmente. Era un día especial: el primer día de junio, lo que significaba que ese era el día en que el año puede dividirse en dos y es en ese preciso día en que a los niños que han alcanzado la edad de ocho años, se les abren las puertas a otros mundos.
La  ceremonia,  que  la  tradición  había  bautizado  como  “El  Inicio”,  empezaría  al mediodía, justo  cuando el sol ascendiera hasta su punto más alto. En ese instante, estarían en la mitad del año. Hasta que llegara ese momento, había trabajo que hacer.
Arthun no era como muchos otros niños de Threnor o de cualquier otra gran ciudad en Ilhien. Provenía de una familia mal vista, adeudados a más no poder. La gente se refería a ellos, y a muchos otros, con  motes como: “nagats” o, más comúnmente usado por todos: “marcados”. Llamarles “marcados” tenía  sentido: los padres de Arthun habían sido marcados con hierros candentes en el cuello poco después de nacer él, cuando las cosas empezaron a ir mal.
El trabajo de sus padres no era bien visto, era sucio y demasiado cansado para que los privilegiados pudiesen hacerlo, limpiaban y preparaban a los caballos y carromatos de la ciudad, pues eran necesarios para ir a cualquier parte debido a la localización de Threnor.  No  recibían  dinero  a  cambio  de hacerlo, pero era la única forma que tenían de permanecer cerca de la ciudad, cerca, que no dentro, y así poder intentar que su pequeño hijo, aún por marcar, recibiese un trato parecido al de los demás niños.
Los animales que más pasaban por la casa eran los caballos. La gran mayoría eran grandes, de la  gente más rica de la ciudad. Arthun se maravillaba observando esas bestias que a sus ojos parecían  gigantes. Ocasionalmente se acercaba con sigilo a su madre, una mujer alta de pelo negro largo y con rostro triste, para tratar de montarlos.
            -¿Puedo montarme en ese?– solía preguntar con voz inocente.
            -No, no puedes– respondía siempre su madre, aunque en aquella particular ocasión notó que el rostro de su hijo había perdido la poca alegría con la que había  despertado  y  trató  de  remediarlo.  –Tal  vez  otro  día,  cuando  seas mayor.
Arthun no quedó totalmente satisfecho con la respuesta de su madre, pero era de las mejores que  había  recibido hasta entonces. Así que, esbozando de nuevo una leve sonrisa, el niño se dirigió de nuevo hacia el montón de paja y tela tendido en el suelo de  de  la  cuadra.  Cogió  algo  parecido  a  unos  pantalones,  ligeramente agujereados de los extremos, y se vistió con una liviana  chaqueta que su madre le obligaba a reservar para ocasiones especiales. Era de un marrón oscuro que le recordaba a las heces de los caballos que sus padres cuidaban a diario. No le gustaba la idea de acudir a la ceremonia vestido de esa forma pero no tenía otra opción.
Al salir  de  su  casa  se  dio  la  vuelta  y  pudo  ver  a  su  madre  con  cara  de  tristeza observándole. Arthun sabía que era costumbre que los padres acompañasen a sus hijos en su “Inicio”. Estaba cansado de oír cómo los niños hablaban en la ciudad sobre la ilusión que les hacía a sus padres poder asistir a tan importante ocasión para la vida de todos ellos, tal y como habían hecho sus padres y los padres de sus padres.  Pero  la situación de la familia de Arthun les impedía acudir a lugares públicos. Eran una deshonra y no eran aceptados.
            -Adiós– murmuró Arthun para sí, sabiendo que nadie le oiría.
Cerró la puerta de la pequeña cabaña y se dio la vuelta, pensativo. Se hacía tarde, empezó a correr.
La ciudad de Threnor, una de las más antiguas y mejor conservadas de todo Ilhien, estaba a poco más de una hora andando al paso de Arthun. La ceremonia se llevaría a cabo en la plaza principal. Era una buena noticia, la plaza se encontraba a pocos metros de la entrada de la ciudad y no tendría que adentrarse en ella.
El camino que Arthun debía seguir estaba finamente dibujado en el suelo por las marcas que el tiempo había causado. Siglos y siglos de pies andando por esas mismas tierras, por las que Arthun estaba ahora caminando habían hecho que el terreno perdiese toda su fertilidad y se quedase seco.
De todos modos, Arthun no tomó el camino. Siempre le había fascinado la naturaleza, así que cuando tenía la mínima opción abandonaba su rutinaria vida intentando olvidar el desprecio con el que eran  tratados sus padres y se adentraba en los bosques de la zona. Esta vez no sería diferente, el camino  era  incluso más rápido si se atajaba por dentro del bosque. Así pues, con paso ligero, el niño  salió del seco y triste sendero para adentrarse en un lugar fresco, diferente y lleno de vida.
Por el camino encontró varios insectos que intentaban desesperadamente alcanzar las copas de los árboles antes de que algún depredador pudiese atraparlos después de una
larga noche de ayuno. Encontró también varias ardillas revoloteando, empeñadas en encontrar comida y un pequeño nido de pájaros que había caído de las ramas de un árbol y se había estrellado contra el suelo
Siguió avanzando por el bosque hasta llegar a un lugar que siempre lograba hipnotizarlo.  Se trataba de un pequeño recodo circular despojado de árboles, y cubierto de hierba permanentemente verde. No corrían animales por allí. Pero no era eso lo que intrigaba a Arthun sino una enorme estatua de piedra que se alzaba en el centro de ese círculo. La estatua mostraba a un niño, de una estatura similar a la de Arthun vestido con lujosos ropajes y muchos ornamentos. Sobre el niño, una niña alzaba una esfera pequeña, poco más amplia que la palma de su mano. Al pasar por su lado para cruzar los últimos centenares de metros que separaban la estatua  de  la  entrada  de  la  ciudad,  percibió  una  brisa  fresca  que  lo  envolvió  por completo y que fácilmente podría haberlo levantado muy alto en el aire.
Las puertas de Threnor eran grandes estructuras de piedra. Consistían en seis enormes arcos, cada uno  de ellos de un tamaño distinto. Dos guardias vigilaban cada una de las puertas. Había gente que se había situado delante de las mismas y había extendido una larga tela en el suelo y en ella había depositado objetos que  pretendía vender. Un hombre se preparaba para hacer malabares aguantándose con un solo pie delante de los guardias de la tercera puerta. Una anciana removía un viejo caldero en la puerta de más a la izquierda, casi escondida entre los últimos árboles del bosque y por último, una pareja de niños jugaba con palos en la segunda entrada empezando por la derecha.
Arthun cruzó la puerta del centro, pasando justo por el lado del bufón que había perdido el equilibrio y había dejado caer todas las pelotas. Los guardias lo miraron por encima del hombro y le saludaron cordialmente.
            -Buenos días– dijo el niño encogiéndose de hombros.
Los guardias lo miraron de arriba abajo sin prestar mucha atención a lo que veían y, con un gesto aburrido de mano le dejaron pasar.
La ciudad parecía muy diferente a como Arthun la recordaba: las calles de un blanco intenso eran ahora afluentes de personas vestidas con sus mejores ropas que acompañaban a sus hijos a la ceremonia. Las ventanas estaban adornadas con telas rojas y azules que se reservaban especialmente para ese día en particular.
Una niña pasó por delante de Arthun y lo miró con una sonrisa amistosa, luego se giró y siguió hablando con la que Arthun supuso que sería su madre.
            -¿Qué nos contaran?– preguntó la pequeña, que, por el tono de su voz, había estado repitiendo esa misma pregunta una y otra vez.
            -Cosas importantes– contestó tajante la madre, que se agachó a colocar bien las ropas de su hija. – ¡Y no se te ocurra interrumpir a nadie cuando hablen!
La niña se puso roja y se encogió de hombros. Por primera vez en todo el día, Arthun se alegraba de que  su madre no estuviese allí. «¿Se hubiese comportado ella igual?», se preguntó.
No era difícil encontrar la plaza principal de Threnor ese día. Todo el mundo se dirigía en masa hacia el mismo punto. Lo único que necesitaba Arthun era meterse en la fila de niños que avanzaba a gran  velocidad hasta el final de una larga calle y llegaría sin ningún problema. Se situó entre dos niños de su misma estatura, enfrente estaba la niña de antes, que se ruborizo al verle. Por primera vez en mucho tiempo, se sentía integrado con los demás. Aunque sólo fuese porque viajaba en la misma fila que todos los niños de la ciudad; para él, eso significaba ser aceptado.
Llegaron a la plaza en cuestión de minutos. La fila se rompió y todos los niños, incluido Arthun,  empezaron  a  agruparse  en  el  centro  mirando  como  todos  los  padres  les observaban con cara de felicidad y orgullo.
Algo  llamó  la  atención  de  Arthun:  al  final  de  la  plaza,  donde  se  encontraba  un imponente edificio construido a base de columnas y una imponente cúpula, se paseaba una figura vestida con una  capa negra que llevaba el rostro oculto tras una enorme capucha. Esa misteriosa figura permaneció  inmóvil durante unos segundos  y luego subió las escaleras solemnemente y se perdió en la oscuridad.
Los murmullos de los padres orgullosos en la plaza empezaron a apaciguarse en cuestión de minutos. El sol estaba ya casi en su punto más alto del día, por lo tanto, los niños serían recogidos y conducidos dentro del edificio, como todos esos padres hicieron al alcanzar la edad de ocho años.
Los nervios empezaban a apoderarse de Arthun.
De entre las mismas columnas por las que había desaparecido la figura encapuchada sonó un ruido  seco, cortante. Una puerta de grandes dimensiones se había abierto.
Todos en la plaza se quedaron quietos y callados. De entre las sombras, un hombre al que todos  conocían empezó a bajar las escaleras, caminando a paso ligero, con un pergamino en su mano derecha y con la izquierda arreglando las imperfecciones de su chaqueta. En pocos segundos, se situó delante del círculo de niños.
            -Buenos días a todos– habló por primera vez el hombre
Uno a  uno,  los  niños  empezaron  a  hacer  muecas,  primero  de  nervios,  luego  de incomodidad y por fin, la que el hombre esperaba, de interés.
            -¡Buenos días señor Briz!– exclamaron varios niños, incluido Arthun, que ahora se había  intentado situar enfrente del que normalmente era su profesor en las enseñanzas básicas.
Todos sabían  que  el  señor  Briz  era  una  figura  importante  dentro  de  la  ciudad  de Threnor. Pero no sabían que el que según todos los adultos sería uno de los días más importantes de su vida, tendría como invitado a su profesor.
Briz carraspeó y se llevó la mano a la boca para disimularlo. Trataba de llamar la atención a todos. Tras repetir dos veces el mismo gesto parecía que todos los niños y parte de los adultos tenían sus ojos clavados en él.
            -Bien, hoy es el primer día de vuestra nueva vida o vuestro primer día en la nueva manera  de entender la vida– explicó Briz orgulloso de ser él quien hablaba y de ser el único que entendía sus palabras –Todas las preguntas que tengáis, todo, hallará su respuesta hoy, aquí... Así pues, niños, acercaos a mí en una fila y seguidme.
La magistral entrada del edificio se escondía tras las blancas columnas de mármol que soportaban la  enorme cúpula de cristal. Eran unas grandes puertas de madera oscura, muy antigua y resistente al tiempo.
Briz abrió el paso y todos cruzaron tras él, quedando uno a uno maravillados por la enorme sala que se extendía ante sus ojos: las paredes que los rodeaban no eran rectas formando una sala como las que todos estaban acostumbrados a ver, sino que trazaban un enorme círculo que se alzaba en el aire hasta llegar a la cúpula.
            -Cruzaréis esas puertas con tranquilidad uno a uno y os sentareis formando un círculo  alrededor  de  la  mesa–  dijo  Briz  con  un  hilo  de  voz,  simpático, ocultando  la  orden  que  acababa  de  dar  bajo  un  simple  ruego  mientras señalaba la puerta en el otro extremo de la sala.
Los niños se sentaron alrededor de una vieja mesa de grandes proporciones que parecía que jamás se hubiese movido de ese preciso punto. No había nada más en la sala y la mesa también estaba vacía, a excepción de un puñado de pergaminos y una vieja silla que reposaba detrás de ella.
Briz cerró las puertas tras él y se dirigió hacia la mesa, pero no se sentó. Se quedó de pie delante de esta y miró repetidamente a todos los niños.
            -Enseguida estará aquí– Susurró el hombre a los niños.
            -¿Quién?– preguntó una dulce voz de niña que Arthun reconoció sin ningún esfuerzo.
Briz no contestó, se limitó a sonreír. La niña pareció profundamente ofendida y se encogió de hombros hasta más no poder, tanto que exteriormente parecía que trataba de abandonar la sala haciendo un agujero en el suelo.
De repente, el mismo ruido seco y cortante de antes se volvió a escuchar. Todos los niños se giraron  hacia la entrada. Se oían pasos largos que se dirigían directamente hacia  ellos.  Lentamente,  la  puerta  comenzó  a  abrirse  con  un  molesto  chirrido  de madera. Una larga capa negra, bajo una imponente capucha de grandes dimensiones cruzó el umbral.
La puerta se quedó abierta de par en par después de que la figura encapuchada hubiese entrado en la sala. Briz no hizo ademán de cerrarla. Siguió sin disimulo la larga capa negra que acababa de llegar a su lado y luego, con la mirada fija en ella, volvió a dirigirse a los allí presentes.
            -Ha llegado el momento  de que vuestras mentes crezcan  y comprendan– murmuró con una fuerte voz de pecho –para eso es necesario que dejéis la mente en blanco. – dijo colocando su dedo índice sutilmente sobre su frente –Liberad cualquier pensamiento que ahora no os sea necesario. Lo que vais a aprender requiere toda la concentración que podáis obtener.
Arthun observó cómo todos los chicos y chicas de la sala comenzaban a cerrar sus ojos en un intento de liberarse de todo lo que tenían en la cabeza. ¿Debía él hacer lo mismo? Tampoco tenía demasiado de lo que liberarse, no había sucedido nada importante en su vida que le hiciera mantener su mente fija en un pensamiento. De todos modos, terminó por cerrar los ojos como los demás, durante un minuto, dos… De repente imágenes al principio muy difusas se empezaron a formar en la mente de Arthun.
Tenía una clara imagen de su casa, de sus padres cuidando uno de los caballos blancos de  la  familia   más  poderosa  de  Threnor.  Podía  ver  cómo  el  caballo  se  movía furtivamente y salía corriendo  saltando la valla de madera que rodeaba la pequeña cuadra  y  se  escapaba  hacia  el  bosque.  ¿Se  habían  metido  sus  padres  en  grandes problemas a causa de eso? En el fondo, Arthun conocía la respuesta, pero un niño de ocho años puede preferir ser ingenuo a afrontar la realidad.
 La  imagen se fue de la mente de Arthun. No veía nada. Sus ojos permanecían cerrados y ninguna imagen de su memoria parecía volver a él. Abrió los ojos para comprobar que los demás todavía estaban intentando vaciar su mente.
Los ojos de Arthun encontraron a alguien conocido entre los niños. Todavía quedaba algo de color rojo en las mejillas de la niña testaruda que antes se había ruborizado hasta más no poder, pero la presión con la que cerraba los ojos lo disimulaba perfectamente. Volvió su cabeza ligeramente y pudo ver como Briz estaba intercambiando palabras en voz muy baja con la figura de la capa que, ahora que podía observarlo detalladamente, pudo deducir que por su estatura y dimensión, debía tratarse de un hombre.
La mayoría de los ojos en la sala volvían a estar abiertos. Briz se volvió hacia ellos y sonrió. Cuando el último de los niños abrió los ojos Briz juntó sus manos, como para aplaudir pero sin causar ningún sonido.
            -Muy bien– comenzó. –Debéis saber que este es el momento en que vais a descubrir   muchas  cosas:  secretos,  leyendas,  el  pasado…  pero  lo  más importante...–carraspeó para hacerse entender a la perfección. –descubriréis que lo que habéis vivido hasta ahora, ha sido una mentira, ocultada por todos para protegeros.
Pero las palabras de Briz quedaron interrumpidas.
Un fuerte estruendo penetró en la sala, seguido de un feroz movimiento del suelo. Las paredes se movieron y algunas de ellas se resquebrajaron por el temblor. La mesa y la silla que ocupaban el centro de la sala se movieron ligeramente hacia la pared, la mesa cayó cuando una de sus patas se rompió con un fuerte crujido. El ruido y la sacudida cesaron y todos se quedaron quietos.
Una oleada de gritos penetró en la sala. Provenían del exterior.  Briz  y el  hombre de la capa corrieron hacia la entrada  para ver qué sucedía. Cuando abrieron las puertas, un fuerte hedor entró en el edificio. Los gritos se oían cada vez más fuerte. Los niños salieron corriendo de la estancia y alcanzaron a Briz y al hombre de la capa entre las columnas de la entrada.
            -¡Quietos!– gritó Briz con fuerza, extendiendo sus brazos tanto como pudo para evitar que pudiesen ver el exterior.
Las que minutos antes eran calles pobladas de gente adornadas con telas rojas y azules eran ahora  calles  cubiertas de una niebla negra muy espesa que desprendía un fuerte hedor putrefacto. La gente corría desesperada para encontrar dónde esconderse y caían desplomados al suelo antes de llegar a cualquier parte, chocando unos con otros a causa del pánico a la oscuridad que acababa de apoderarse del día.
Briz y el hombre de la capa se miraron sin pronunciar ninguna palabra. Sus miradas se cruzaron un  fugaz instante y en un abrir y cerrar de ojos el hombre de la capa salió corriendo hacia uno de los caballos que se tambaleaba y ejercía una fuerza devastadora contra  sus  ataduras.  El  hombre  se  subió  en  su  montura  y  salió  rápidamente,  con agilidad, evitando los fuertes golpes que el animal daba al  aire,     perdiéndose en la oscura niebla en cuestión de segundos.
Los padres de las asustadas criaturas empezaron a llegar con rapidez a socorrer a sus hijos. Se arrodillaban y abrazaban a sus hijos, que les devolvían con fuerza el abrazo al ver que por fin habían ido a por ellos y esa pesadilla parecía más lejana. Pero el temor no se alejaba de Arthun, sus padres no podían acercarse a Threnor bajo ningún pretexto.
Debía salir solo de ese lugar, ahora lleno de gente caída por los suelos, la desesperación y  él pánico se estaban apoderando de todo. No se paró a pensar. Se armó de todo el valor que pudo encontrar en su cuerpo y empezó a correr.
Un fuerte estruendo sonó de nuevo. Venía de las afueras de la ciudad. La estatura de Arthun sólo le  permitió ver una gran columna de humo negro que se alzaba en la dirección opuesta a la puerta a Threnor. La gente volvió a chillar, los gritos de los niños que todavía no habían regresado a sus casas inundaron las calles. Las puertas estaban cada vez más cerca. Arthun podía observar que la guardia que vigilaba las entradas al llegar había desaparecido. Todo estaba desierto, la idea de salir ahora  le  resultaba terrorífica. No había caído en la cuenta que la oscuridad haría mucho más peligrosa la llegada a su casa. Debía cruzar el bosque, tranquilo durante el día pero plagado de peligros durante la noche pues las criaturas más feroces salían a cazar tras la puesta del sol.
Arthun se había detenido delante de un arco de piedra que daba acceso a una pequeña casa de roca  blanca. Unos guardias salieron de la nada, empuñando antorchas negras. ¿Qué querrían hacer con las antorchas?, ¿De que podrían servirles para  ayudar a la gente de la ciudad? Arthun no tuvo tiempo a responder mentalmente a su propia pregunta,  una mano le agarró del pecho y tiró de él, haciendo que cayera al suelo.
            -¿Estás bien muchacho?– habló una dulce voz. Arthun abrió los ojos de golpe, buscando el origen de esa voz.
            -¿Dónde estoy?– preguntó atemorizado. – ¿quién es usted?  ¿qué quiere?– las preguntas de Arthun cada vez eran más rápidas y más difícil de entender para cualquiera, pues hablaba tan deprisa que era difícil distinguir los sonidos que emitía.
            -Tranquilo– dijo dulcemente la voz.
Con esfuerzos, Arthun se levantó del suelo. Notó que tenía un pedazo de tela mojado en la frente, lo retiró con cuidado y tratando de no caerse de nuevo echó un vistazo a la estancia.
Se trataba de una habitación pequeña, con una puerta de madera casi podrida y las paredes bastante  descoloridas. No había demasiados muebles, sólo una pequeña mesa con un diminuto barreño con agua, del que probablemente había salido el trozo de tela que  tenía  ahora  en  las  manos.  No  había  nada  parecido  a  una  cama  o  lugar  para descansar. Era una habitación inutilizada, con una pequeña  abertura en la pared que servía de ventana.
            -¿Dónde   estoy?–   repitió   Arthun   de   nuevo,   más   tranquilo   esta   vez.
Comprendiendo tras inspeccionar lugar que quien lo había llevado allí no pretendía herirle.
            -En una pequeña casa abandonada a las puertas de la ciudad. Tranquilo, estás a salvo aquí.
Por primera vez, Arthun se giró para observar a la mujer que hablaba.  No era una total desconocida, se trataba de la anciana que había podido ver al entrar a la ciudad. Pero esta vez su caldero no la acompañaba. Ahora que podía verla de cerca, se fijó bien en ella: una mujer bajita, con el pelo blanco pero más que elegante. Unos ojos pequeños asomaban  en  su  cara;  tenía una nariz  pequeña,  ligeramente puntiaguda.  Una dulce sonrisa había persistido desde que Arthun la estaba observando.
            -¿Te encuentras bien entonces?– preguntó la mujer dulcemente, extendiendo su mano hacia Arthun. –ven, siéntate.
El chico obedeció y se sentó junto a la mujer, que se puso en pie y le cedió su asiento.
            -¿Qué  ha  pasado?  ¿Qué  es  toda  esa  niebla?–  Arthun  no  habría  podido contener esa pregunta ni que lo hubiese deseado. – ¿Por qué llevaban esas antorchas los guardias?
La mujer se giró y alzó la palma de su mano, sonrió débilmente y se acercó a él.
            -No puedo contestar a tus preguntas ahora muchacho, pero sí puedo decirte esto– por primera vez, la sonrisa desapareció al acercar su rostro al del chico –Debes ir con cuidado, debes protegerte, esconderte, no estarás a salvo– dijo rotundamente, con una voz cortante que no se podía asociar a la voz dulce que había oído antes.
Esas palabras penetraron en la cabeza de Arthun como un fuerte golpe contra el suelo.
            -Pero…– Arthun no sabía qué decir.
            -Escúchame bien chico. Esto es muy importante. Ahora tienes edad para comprender cosas que antes no podrías ni siquiera ver. Debes tener eso muy claro, ya no eres un niño.
Ambos permanecieron en silencio durante unos minutos. Arthun todavía podía oír algún grito que venía de la calle y empezaba a percibir un olor extraño que se distinguía al fuerte hedor que había invadido la ciudad cuando había aparecido la niebla.
            -Debes regresar a casa– dijo la mujer de golpe, volviendo su rostro al de Arthun.
            -Tus padres siguen allí, no debéis alejaros, los bosques no serán seguros y vosotros no podéis ir a otras ciudades, ni siquiera tú.
Esa última parte de la frase distrajo a Arthun completamente. “Ni siquiera tú”, ¿Seguía esa mujer tratando de protegerle?
            -¿Qué quiere decir con eso?– preguntó el chico inocentemente.
            -Tus padres han hecho algo malo y por ello tú también serás marcado, tu familia será rechazada en cualquier lugar como castigo.
            -¿Se refiere al caballo?– recordando el caballo que había visto escapar de su cuadra cuando estaba en la sala de la ceremonia tratando de vaciar su mente.
            -Tarde o temprano, joven muchacho, descubrirás que no todo el mundo está dispuesto a perdonar. Muchos prefieren ver cómo otros son castigados. Es por eso que debes mantenerte a salvo, hasta…– se detuvo, pensando si debía seguir hablando o no.
            -¿Hasta qué?– preguntó el chico intrigado.
            -Ven, acércate– la sonrisa había regresado al rostro de esa mujer, que ahora estaba  revoloteando toda su ropa en busca de algo  –Toma– extendió su mano. Tenía sujeto un trozo de madera, corto y bien recortado.
Arthun lo cogió y lo miró detalladamente, extrañado.
            –Madera del bosque de Lys, muchacho, es un fuerte amuleto protector para quien lo lleva–  aclaró con una fuerte sonrisa. –No deberías alejarte de él, tal vez no creas en estas cosas, pero realmente ayuda –concluyó con un golpecito en el hombro del chico.
            –Gracias… – dijo Arthun en voz baja.
            –No me las des. – la seriedad se apoderó del rostro de la mujer de nuevo. –Esto es solo el principio. Ahora, debes irte y recuerda, debes andarte con cuidado.
            -¡Lo haré!– contestó Arthun.
Por su expresión, la inocencia en la respuesta de Arthun no era lo que esperaba esa mujer, pero al fin y al cabo se trataba de un muchacho de ocho años.
Arthun salió de la casa. Al llegar a la calle comprendió perfectamente qué era ese olor que entraba por la ventana. Comprendió también porque habían vuelto a aparecer los llantos y los gritos por toda la  ciudad y, por último, comprendió para qué eran las antorchas que los guardias que había visto  llevaban antes de conocer a esa anciana.
Threnor ardía en llamas
















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